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Miércoles, 20 de Agosto de 2008
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Estableceremos como se hizo en el Distrito Federal, el derecho a la pensión alimentaria para todos los adultos mayores de 70 años.

 

La Pensión Alimentaria
Hacia la Seguridad Económica de los
Ciudadanos Mayores de 70 Años
 


Garantizar la supervivencia y el cuidado de las personas que no están en condiciones de trabajar por su avanzada edad ha sido uno de los cometidos más importantes de los sistemas públicos de protección social pública desde el siglo XIX. Es más, en algunos países los primeros beneficios sociales otorgados a los ciudadanos fueron la pensión de vejez. En México la pensión por vejez fue incluida desde un inicio en los distintos esquemas de seguridad social para los trabajadores del Estado y del sector privado.

Todos los países desarrollados cuentan con sistemas de pensiones, estructurados de distintas maneras, que garanticen por lo menos una pensión básica a los adultos mayores. Asimismo siete países de América Latina cuentan con una pensión no-contributiva para los adultos mayores. Y desde luego el Gobierno del Distrito Federal.

Nuestra Contradictoria Transición Demográfica

Actualmente la cuestión de la seguridad económica de las y los adultos mayores se está convirtiendo en un problema social de suma importancia en México no sólo por razones éticas y de solidaridad sino por un conjunto complejo de causas. Es, de esta manera, un problema que concierne a un número creciente de personas; en 2000 había en el país 2.98 millones de personas con 70 años o más, para el año 2005 este número había crecido a 3.6 millones y en el año 2010 serán 4.4 millones, o sea en diez años habrá un incremento de 1.4 millones. A ello se añade el hecho de que sólo una minoría recibe una pensión, por insuficiente que sea, del IMSS o el ISSSTE; sólo un 30 por ciento de los adultos mayores cuentan con una jubilación.

Las familias se encuentran, simultáneamente, con dificultades para atender a sus mayores por el vertiginoso empobrecimiento que han sufrido; recordamos que más del 50 por ciento de los hogares mexicanos viven en la pobreza. A esto se agrega que las mujeres, las cuidadoras de siempre, están incorporándose al trabajo fuera de la casa por lo que les resulta materialmente imposible cumplir esta tarea. Este cambio estructural de la institución 'familia' hace emerger un vacío que el Estado no está cubriendo o siquiera proporcionado un mínimo de apoyo para ayudar a las familias a solventar su situación. Para la mayoría de ellas las soluciones del mercado resultan además inalcanzables en vista de sus bajos ingresos. Estamos así ante una triple 'falla' de las fuentes del bienestar social –la familia, el Estado y el mercado— que redunda en la desprotección crítica de un grupo numeroso de ciudadanos.

Este diagnóstico es compartido por prácticamente todas las fuerzas políticas y por la ciudadanía. Empero la explicación y el análisis que se hace de la situación difieren en varios aspectos. Generalmente se lea adscribe a la llamada transición demográfica que implica, entre otras cosas, el envejecimiento de la población como resultado del incremento en la esperanza de vida que aumentó en siete años entre 1980 y 2000; año en el cual fue de 75 años y llegará a 78 años en 2010. Sin embargo, la transición demográfica tiene otros aspectos que son igualmente importantes. Así la tasa de natalidad se está reduciendo, o sea, hay menos nacimientos año con año. Esto significa en números que la población menor de 15 años disminuirá en cuatro millones durante los próximos diez años mientras que la población en edad productiva aumentará en cerca de 12 millones de personas.

Contrario a lo que se cree, la actual dinámica poblacional es, en principio, altamente favorable en términos económicos y sociales ya que la población dependiente, o sea los menores de 15 años y mayores de 70 años, constituye una parte decreciente de la población total como se observa en el siguiente cuadro.


Composición de la Población por Edad e Índice de Dependencia, México 2000 a 2030

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En 2005 había 1.99 personas en edad productiva por cada persona dependiente, en 2010 habrá 2.27, en 2020 2.57 y en 2030 se estima que será 2.524 CONAPO 1999). Estos 'índices de dependencia' hablan de condiciones óptimas para la construcción de instituciones de protección social dado que los potenciales contribuyentes a éstas son muchos más que los que necesitan de sus beneficios. El problema de México no es, entonces, la 'transición demográfica' sino el hecho de que la población en edad productiva, o sea los contribuyentes potenciales, no llegan a cumplir plenamente su papel por la falta de empleo y por sus magros ingresos, que ambos son consustanciales al modelo económico actual.

Estamos, de esta manera, ante un problema de orden estructural ya que todos los sistemas de protección social, públicos, mixtos o privados, requieren de recursos financieros para operar y éstos sólo pueden ser aportados por las y los ciudadanos, sea bajo la forma de impuestos, cuotas o primas. La verdad de las cosas, nunca admitida por los promotores de la economía neoliberal, es que su modelo económico excluye la posibilidad de garantizar la seguridad económica de todos los adultos mayores, hoy y en el futuro. Esta aseveración se fundamenta en la experiencia nacional e internacional que coincide en demostrar que, aún en condiciones de crecimiento económico rápido, persiste la incapacidad de este tipo de economía de crear suficiente empleo o, alternativamente, genera empleo mal remunerado y sin prestaciones sociales (Castel 1997; CEPAL 1996; Navarro 1998).

Hecha esta constatación, es preciso añadir que la manera de abordar el problema de la protección social de cara a las nuevas relaciones internacionales no ha sido homogénea como frecuentemente se supone. La política nacional cuenta aún en un mundo globalizado (Hirst y Thompson 1996; Esping-Andersen 1999), o dicho de otro modo, el Estado nacional ‘despojado de poder' es un mito que no resiste un examen objetivo de los procesos realmente existentes en los países concretos (Pierson 1997; Weiss 1998). Cuentan, y mucho, las políticas que el Estado promueve tanto en el terreno económico como en el social. Incluso organismos como el Banco Mundial (1997) y el Banco Interamericano de Desarrollo (Inter-American Development Bank 1996), anteriormente tan partidarios de la doctrina neoliberal y su Estado Mínimo, están empezando a reivindicar el papel del Estado como actor insustituible en los procesos de desarrollo social y económico en un tardío reconocimiento de la inoperancia del mercado como organizador único de la sociedad.

El problema principal respecto a la protección social de los adultos mayores en México es, sin duda, la restringida cobertura de los sistemas de pensiones y su dependencia de la relación laboral formal. A ello se añade la ausencia de programas orientadas a proveer servicios de cuidado y apoyo a esta parte de la población. En este sentido la sociedad mexicana no ha asumido una nueva realidad que requiere de soluciones colectivas y públicas. Ni las familias ni el mercado pueden enfrentar exitosamente la creación de condiciones seguras y dignas que permitan a los adultos mayores disfrutar de sus últimos años de vida.

La reforma del IMSS de 1995 no atacó el problema social que un sistema de pensiones debería resolver. Es así porque no hay ningún mecanismo para ampliar la cobertura poblacional de jubilación. Antes al contrario, los nuevos requisitos de cotización para jubilarse y mantener el derecho a los servicios médicos hacen suponer que una proporción menor de los adultos mayores contarán con estos beneficios y servicios. Tampoco da una respuesta específica al problema del cuidado y apoyo a la creciente población anciana, mostrando una ceguera total ante una nueva realidad.

El Estado ha intervenido enérgicamente para establecer un nuevo campo de negocios privados, imponiendo una nueva legislación y comprometiendo múltiples subsidios. Sin embargo, rehuye su responsabilidad ante un problema que concierne directa o indirectamente a la gran mayoría de la población. Al actuar de esta manera contraviene valores sociales y éticos arraigados en la sociedad. En la cultura mexicana se respeta a los mayores y, a reserva de que se demuestra lo contrario, no se considera éticamente aceptable dejar a ellos en la miseria y el abandono.

La Alternativa: Soluciones Públicas a Problemas Sociales

Ante este panorama complejo cabe preguntar ¿existe otra alternativa o estamos obligados a aceptar, en nombre del pragmatismo realista, la tragedia de millones y millones de ciudadanos y ciudadanas? La respuesta es no. Hay otros caminos y son transitables. Son utopías perfectamente factibles, fieles a nuestros valores y compatibles con nuestro anhelo ético. Es más, el conocimiento científico y la experiencia acumulada aconsejan buscar en otra dirección, siempre y cuando el propósito sea resolver la problemática social de las y los adultos mayores y no, como ocurre actualmente, ampliar los negocios privados de los grupos financieros.

Es impostergable abrir el debate sobre estas alternativas no sólo por la urgencia de palear la penuria de los viejos hoy, sino también porque el correr del tiempo fortalece a los dueños del nuevo sistema y debilita a la sociedad frente a ellos.

La razón por sostener que los grandes problemas sociales no se resuelven por el mercado no una profesión de fe, sino basada en un enorme cúmulo de evidencias empíricas sobre niveles de pobreza, acceso a los servicios, acceso a los beneficios, etcétera (Esping-Andersen 1999; Navarro 1997; Rothstein 1994; Vergara 1997). Hay una amplísima literatura científica que demuestra que las políticas universalistas instrumentadas por instituciones públicas tienen una eficacia social mucho mayor que las políticas de mercado complementadas por políticas selectivas de asistencia social. Pero no sólo son más eficaces en términos del cumplimiento de los propósitos de bienestar social sino son al mismo tiempo más eficientes en términos económicos. El ejemplo más célebre de los magros resultados sociales y los altos costos de las políticas sociales (neo)liberales son los EUA que tienen los porcentajes más altos de pobreza entre los países desarrollados con 19 por ciento contra 6.7 por ciento en Suecia; dato que se reproduce respecto a los adultos mayores con 19.6 contra 6.4 por ciento en Suecia (Navarro 1998; Esping-Andersen 1999). Parte de esta diferencia se explica por las características del sistema de pensiones ya que en Suecia el 78 por ciento de los ingresos de los mayores de 65 proviene de la seguridad social pública contra 37.5 por ciento en los EUA (Esping-Andersen 1990).

Si el principal problema que enfrentamos es la desprotección social de la mayoría de los adultos mayores, la solución no puede ser otra que la extensión de los beneficios a todo este grupo. Es decir, tenemos que plantear como punto de llegada el derecho ciudadano a una pensión universal. Para sorpresa de muchos sería posible hacerlo hoy sin alterar mayormente las finanzas públicas. El costo para la nación de pagarles a todos los y las ciudadanos mayores de 65 años una pensión de un salario mínimo sería el 1.16 por ciento del PIB anualmente, o sea, aproximadamente lo que en la actualidad los ciudadanos estamos pagando como “costo de transición” de la privatización del actual sistema de pensiones del IMSS. Si se decidiera dar una pensión de medio salario mínimo a los mayores de 70 años el costo sería el 0.38 por ciento del PIB. Para no alterar estos porcentajes respecto a producto nacional se necesitaría crecer alrededor del 4 por ciento anualmente lo que es razonable.

Estos cálculos sirven para ejemplificar que no estamos ante una alternativa posible, la actual, y otras imposibles como sería la pensión universal ciudadana sino que la opción depende de cuales son las prioridades. Si se considera que las finanzas del país aguantan el ‘costo de transición’ también soportarían la alternativa de la pensión universal. Lo realmente asombroso es que hay un abismo de eficacia social entre una y otra alternativa gastando lo mismo. El actual sistema de pensiones permitirá, en el mejor de los casos, asegurar una pensión de aproximadamente un salario mínimo a una cuarta parte de los adultos mayores mientras que la pensión universal lo garantizaría a todos. Por otra parte resulta claro que estamos hablando de porcentajes del PIB que cabrían perfectamente dentro de los márgenes de posibilidad de un país con el desarrollo de México.

El Banco Mundial en su Informe de 1994, Envejecimiento sin Crisis. Políticas para la Protección de los Ancianos y la Promoción del Crecimiento, plantea que un sistema integral de pensiones debe contar con dos o tres pilares. El primero, considerado indispensable, es justamente una pensión básica universal pagado con recursos fiscales. El segundo es la pensión contributiva, con pago bipartita o tripartita, y cuyo monto es proporcional al pago realizado. Es decir, corresponde a la jubilación del IMSS o el ISSSTE en el caso de México. El tercer pilar que propone el Banco Mundial es el seguro privado de jubilación que existe en algunos países pero que no es indispensable para garantizar la seguridad económica de los mayores.

Es en este contexto que se debe analizar la propuesta de la Pensión Alimentaria de los ciudadanos mayores de 70 años, un nuevo derecho social que ya se ha creado en el Distrito Federal.

La Pensión Alimentaria en el Distrito Federal: un Nuevo Derecho Social

El Programa de Apoyo Alimentario para los Adultos Mayores de 70 años Residentes en el Distrito Federal fue el primer nuevo programa social masivo instrumentado por el gobierno de la capital. A finales de febrero de 2001 se entregó este beneficio a 150,000 personas residentes en las zonas de alta y muy alta marginación y en octubre de 2002 tenía una cobertura universal que se va manteniendo con la inscripción de nuevos beneficiarios mes con mes. A finales de 2005 serán 385,000 adultos mayores que los cuentan con la pensión. La pensión universal alimentaria fue elevada a rango de Ley en noviembre de 2003 cuyo texto se puede leer en el recuadro. Con ello se creó un nuevo derecho social en la ciudad en cuanto es un derecho de los ciudadanos y una obligación del Estado. Con ello se amplió la ciudadanía social, que es un elemento constitutivo de la democracia.


Ley que Establece el Derecho a la Pensión Alimentaria para los Adultos Mayores de Setenta Años, Residentes en el Distrito Federal

Artículo 1.
Los adultos mayores de setenta años, residentes en el Distrito Federal tiene derecho a recibir una pensión diaria no menor a la mitad del salario mínimo vigente en el Distrito Federal.

Artículo 2.
El Jefe de Gobierno del Distrito Federal deberá incluir en el proyecto de Presupuesto de Egresos del Distrito Federal, la asignación que garantice, efectivamente, el derecho a la pensión alimentaria a todos los adultos mayores de setenta años, residentes en el Distrito Federal.

Artículo 3.
La Asamblea Legislativa del Distrito Federal deberá aprobar, en el Decreto de Presupuesto anual, el monto suficiente para hacer efectivo el derecho a la pensión alimentaria.

Artículo 4.
La forma como se hará valer la pensión alimentaria, la verificación de la residencia, la elaboración y actualización permanente del padrón de beneficiarios y demás requisitos y procedimientos necesarios para el ejercicio del derecho establecido en esta Ley, se fijarán en el Reglamento correspondiente.

Artículo 5.
Los servidores públicos, responsables de la ejecución de esta Ley, que no cumplan con la obligación de actuar con apego a los principios de igualdad e imparcialidad, incurrirán en falta grave y serán sancionados conforme a los ordenamientos legales aplicables.


(Publicada en el Diario Oficial de la Federación el 19 de noviembre, 2003).
El monto de la pensión es de medio salario mínimo que corresponde al costo de la alimentación de una persona y se ajusta anualmente con la inflación. Esta cantidad se deposita mensualmente en una tarjeta de débito con el cual se puede adquirir productos en las principales tiendas de autoservicios en el Distrito Federal.

Es de resaltar que es un beneficio que sólo puede ser solicitado por el adulto mayor o un pariente cercano con autorización del el o ella. Los únicos requisitos para acceder a la pensión son residir en el Distrito Federal y tener 70 años o más. Cumplidos estos requisitos es una obligación del servidor público autorizarla (ver texto de la ley). Estos procedimientos han permitido combatir las prácticas clientelares que son un obstáculo a la equidad y justicia.

El impacto social, económico y sobre la autoestima ha sido muy importante según las encuestas de percepción que se levantan cada año. Ha beneficiado particularmente a las mujeres (el 65 por ciento de los beneficiarios); ha mejorado la alimentación e incrementado la variadad de productos adqueridos; ha creado mayor seguridad en los adultos mayores; les ha permitido ayudar a su familia y; les ha permitido recuperar su autoestima.

Esto significa que se han logrado los objetivos que dieron origen a la pensión: dar un reconocimiento de la sociedad a su papel en la construcción del país; asumir como gobierno la obligación de velar por el bienestar psico-social de los ancianos; incrementar su ingreso y; lograr que los últimos años de su vida sean más tranquilos y felices.

Las Características de la Pensión Universal Alimentaria

El actual debate sobre las pensiones es bastante confuso porque no se ha distinguido entre la pensión no-contributiva (la pensión universal alimentaria) y la pensión contributiva (la del IMSS o el ISSSTE).

Respecto a la primera debe subrayarse que tiene como característica básica que se paga con recursos fiscales. Es, por tanto, distinta a una pensión contributiva ya que su sustentabilidad financiera depende de los ingresos del gobierno y no requiere de un equilibrio entre los ingresos por contribuciones y los egresos por el pago de las pensiones. Esto quiere decir que no se requiere acumular reservas actuariales para cubrir los compromisos a futuro, conocidos como pasivo laboral, como es el caso, por ejemplo, de la pensión pagada por el ISSSTE o del IMSS antes de la reforma de 1995.

El costo de la pensión alimentaria para el erario público es, por tanto, función directa del crecimiento de la población beneficiada (en el caso que nos ocupa los mexicanos de 70 o más años) y del comportamiento, en nuestro caso, del salario mínimo. Su sustentabilidad se visualiza mediante la contrastación de la cantidad requerida para la pensión con los ingresos estimados del gobierno, que a su vez dependen de la capacidad recaudatoria de éste y su política de ingresos-egresos y la eficiencia de su política de gasto. Por ello, los “cálculos actuariales” para determinar el monto del “pasivo laboral” que generaría la pensión alimentaria universal carecen de cualquier sustento lógico o técnico-científico.

Es en este contexto que adquiere gran importancia la evolución de los Indices de Dependencia expuestos en el cuadro arriba ya que demuestran que México tienen un “bono demográfico” muy considerable durante las próximas décadas y puede sustentar el costo de una pensión universal. Es decir, su sustentabilidad no depende de las “reservas actuariales acumuladas” sino de la evolución de los ingresos fiscales y su administración que a su vez depende del crecimiento económico, la amplitud de la base fiscal (contribuyentes morales y físicas), del nivel salarial y de las ganancias, de la eficiencia del sistema recaudatorio, las prioridades de gasto, entre otros. Cualquier proyección sobre la sustentabilidad de la pensión debe, por tanto, incluir por lo menos estas variables. Salta la vista que la intención de hacer estas proyecciones para los próximos 50 años come es la práctica actuarial tiene un margen de incertidumbre muy grande.

En este contexto cabe señalar que el actual gobierno del DF ha demostrado una capacidad recaudatoria creciente, debido al combate a la corrupción y a la voluntad ciudadana de cumplir sus obligaciones como contribuyentes, así como la eficiencia en el gasto mediante las medidas de austeridad republicana y combate a la corrupción. Es decir, es doblemente falso que el GDF haya pagado la pensión alimentaria incrementando el endeudamiento. Primero porque todo el presupuesto ha salido del Programa de Austeridad Republicana y segundo porque su endeudamiento ha sido decreciente año con año.

La Pensión Alimentaria en el Proyecto Alternativo de Nación

La pensión alimentaria corresponde a una nueva concepción sobre cómo generar el bienestar que se combina con una política activa de generación de empleo y protección e incremento del ingreso. Va acompañado de una política social de reconstrucción de las instituciones públicas de protección social basada en el diagnóstico sobre cuales son hoy y en el futuro mediato los principales riesgos sociales que enfrentan los grupos mayoritarios de la población.

Cualquier combate contra la desigualdad e iniquidad en las condiciones de México pasa por convertir en prioridad de la nación la solución de los grandes problemas sociales. Este es, en el sentido más preciso, el interés general de la sociedad por encima de la multitud de intereses particulares. Una de las diferencias básicas entre uno y otro proyecto de nación es precisamente los criterios para establecer las prioridades nacionales. Vale enfatizar que es falso que la política social es sólo un asunto pragmático y técnico como sostienen los tecnócratas. Por el contrario, su perfil es una definición sustantiva de cualquier proyecto político va mucho más allá de la aplicación eficiencia de los recursos.

El derecho a la pensión alimentaria significa que todo ciudadano y ciudadana inicialmente de los 70 años, recibirá una pensión de medio salario mínimo haya o no hecho aportaciones a un fondo de pensiones. La idea que sustenta esta política es que, con poquísimas excepciones, toda la gente, hombres y mujeres, han contribuido a la sociedad independientemente de haber tenido una relación laboral formal. El mejor ejemplo son las mujeres que con su trabajo garantizan tareas indispensables de reproducción social sin costo alguno para la sociedad. Es entonces de justicia elemental que la sociedad les proporcione una seguridad económica durante su vejez. Otro ejemplo importante son los campesinos y jornaleros que, por cuestiones ajenas a ellos, no están cubiertos por el seguro social pero no pueden considerarse, en absoluto, un grupo ocioso o improductivo.

Este derecho adquiere mayor peso en las condiciones actuales del mercado de trabajo ya que es previsible que una proporción importante de la población económicamente activa sea excluida de la posibilidad de tener un empleo estable con seguro social como prestación laboral. En este caso no es social y éticamente admisible que los costos de los problemas estructurales de la economía sean pagados por los individuos que son las víctimas de esta situación. Es, por otra parte, un hecho que todos pagamos impuestos, aunque sólo sea a través del IVA y que a todos los mexicanos les corresponde una parte de los impuestos sobre bienes nacionales como es, por ejemplo, el petróleo. Es entonces necesario desligar los beneficios sociales de la relación laboral y tomar el presente como la ocasión para universalizar el acceso a la pensión.

La Instrumentación de la Pensión Alimentaria Universal

Las características de la pensión alimentaria nacional son las mismas de la del Distrito Federal: medio salario mínimo indexado a la inflación con el único requisito de tener 70 años o más. Como el resto de los programas sociales tendría como primera prioridad las zonas clasificadas como de alta o muy alta marginación pero su universalización no irá más allá de tres años.

En vista de las condiciones distintas del territorio nacional se va a trabajar con una clasificación de:

  • Zonas urbanas

  • Zonas semiurbanas

  • Zonas rurales


Para las zonas urbanas y semiurbanas se propone un esquema similar al utilizado en la ciudad de México, es decir, otorgar la pensión por medio de una tarjeta electrónica y negociar con la empresa o empresas responsables una mayor apertura de aceptación del plástico, de tal manera que se reciba en otros establecimientos y no únicamente en tiendas de autoservicio. Para las zonas rurales se propone la entrega de vales que se puedan canjear en establecimientos locales.

Para la promoción e inscripción al programa hay que precisar cuales son las instancias públicas más adecuadas, con personal de campo y de acceso más fácil para la gente (p.e. INAPAM, centros DIF o planteles de educación básica o oficinas municipales).

En el momento de la inscripción el solicitante tendrá que presentar original y copia de acta de nacimiento, o fe de bautismo, o credencial de elector, o cualquier otro documento que certifique su edad. Además original y copia de comprobante de domicilio. Como en el caso del D.F. se establecerán los casos que pueden ser exentos de estos requisitos.

Se validará los listados de solicitudes e inscribir a los solicitantes en un padrón y de acuerdo con el presupuesto se irán entregando mensualmente las tarjetas o vales.

En el caso de las zonas rurales los vales se enviarían posfechados (para protección) a la instancia responsable para ser entregados a los adultos mayores o a los representantes que hayan nombrado voluntariamente ellos.


Ver:



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